viernes, junio 29, 2007

Treinta y uno



Hay concursos blancos y negros, cercanos y lejanos, con grandes dotaciones económicas y otros más humildes que adquieren obras diversas con el dinero destinado a los premios.

De vez en cuando, si se reúnen las circunstancias necesarias, me acerco con el coche a llevar mis cuadros a algunos concursos.

Practicando esta forma de turismo minimalista uno transita por lugares insospechados como puede ser la Autovía de los Viñedos, en la que ni tan siquiera puedes ver los viñedos porque vas conduciendo. De momento no digo el lugar al que fui, aunque es muy fácil de adivinar. La solución... al final.



No pude entregar los cuadros hasta las seis de la tarde, así que al final pasé buena parte del día en esta ciudad, en la que, mala suerte, acababan de pintar los bancos, y no había donde sentarse, y donde había sombra, no había sitio para aparcar el coche.

Así que cuando llegué al Museo de Antonio López Torres, me pareció entrar en un oasis, no había visitantes y disfruté mucho con el museo todo para mí.

En el se recogen una buena colección de cuadros de su trayectoria como pintor.
Una edificación sencilla rodeada de un jardín te sorprende con un interior fresco, silencioso y una escalinata rodeada de plantas que recibe luz cenital.





















Me impresionó este pequeño dibujo de un magnolio en la Pza. de la Lealtad de Madrid, conozco bien esos árboles que muchos años después permanecen ahí (ya veremos hasta cuando).








Me gustaron también mucho las palabras del pintor que aparecían recogidas en un cartel junto a su fotografía.



Este lugar me pareció muy especial, sobrio y elegante, en él tan solo te asaltaban las miradas de los cuadros que lo habitaban... y sus silencios.




...Vino ¿Vino o vine?
Qué obcecadas estas letras, que se leen incluso del revés.





























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